La gran contradicción del empleo: ¿Cómo vamos a jubilarnos más tarde si nos impiden trabajar?

 

 




 Hay lecturas que no por conocidas dejan de escocer. Hoy ha caído en mis manos un artículo del diario Público que resume con una precisión quirúrgica la gran hipocresía que asfixia el mercado laboral español: la perversa paradoja de exigir por ley el retraso de la edad de jubilación mientras, en paralelo, los mecanismos corporativos expulsan de forma sistemática a los profesionales mayores de 45 y 50 años.

Es una trampa matemática perfecta y cruel. Por un lado, los despachos políticos echan cuentas, endurecen los años de cotización necesarios y elevan la edad legal para acceder a un retiro digno. Nos dicen que la sociedad envejece, que los números no cuadran y que es obligación de todos arrimar el hombro y estirar nuestra vida activa. Pero, por otro lado, cuando sales a la calle con tu experiencia por bandera, te encuentras con un tejido empresarial que sufre de miopía edadista. Un sistema que te descarta en el primer filtro de un algoritmo informático por la fecha de nacimiento de tu documento de identidad.

Ante este panorama, la respuesta de las instituciones suele ser la misma de siempre: parches, prestaciones y subsidios de larga duración. Y es ahí donde hay que plantarse con firmeza y alzar la voz.

Nosotros no queremos subsidios. No queremos ayudas asistenciales que maquillen las listas del paro ni prestaciones que nos condenen a la pasividad en el salón de casa. Lo que queremos, lo que exigimos, es trabajar.

La dignidad de un profesional no se mide por la ayuda económica que recibe para ir tirando; se sostiene sobre el orgullo de levantarse cada mañana, poner en marcha sus capacidades, resolver problemas administrativos, coordinar equipos y sentir que su aportación tiene un valor real en la sociedad. El trabajo es un derecho constitucional y una necesidad vital, no un privilegio que caduque cuando cumples cuarenta y cinco años.

Para muchos compañeros de generación, la jubilación es una meta que requiere todavía unos años cruciales de cotización para no perder el esfuerzo de toda una vida. Para otros más jóvenes, el retiro se ve como algo lejanísimo, una meta volante que se mueve hacia adelante cada vez que se acercan a ella. En ambos casos, el castigo es el mismo: el vacío laboral injustificado.

Casos recientes, como el denunciado en el artículo sobre normativas que limitan la promoción interna de funcionarios al llegar a cierta edad, o el goteo constante de despidos encubiertos tras los periodos de prueba, demuestran que el edadismo no es un error de gestión. Es un fallo sistémico. Es una alarmante falta de ética que prefiere sustituir la lógica analógica y la resiliencia de un perfil veterano por la supuesta docilidad de la inexperiencia a bajo coste.

No tiene sentido económico ni humano. No se puede sostener un país empujando a la madurez al ostracismo productivo. Es hora de exigir coherencia. Si el sistema nos necesita activos durante más tiempo, las empresas tienen la obligación legal y moral de abrir las puertas, limpiar los sesgos de selección y valorar la veteranía como el activo estratégico que realmente es.

La solución no pasa por alargar la condena del buscador invisible a base de ayudas mínimas. Pasa por humanizar el empleo, por cumplir la palabra dada en los contratos y por entender que la formación, los valores y el criterio propio no se evaporan con los años. Al contrario: se templan, como los buenos motores, listos para rendir al máximo cuando la situación se pone a 180°C.

Mi trayectoria es mi aval, mi trabajo es mi derecho y mi voz no se va a callar ante las contradicciones de un sistema que pretende borrarnos antes de tiempo. Porque el talento, se pongan como se pongan, no tiene fecha de caducidad.

Podcast EPISODIO 41: "La gran contradicción del empleo: ¿Cómo vamos a jubilarnos más tarde si nos impiden trabajar? 

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